Padre Juan de Mariana

 

Queremos, desde estas páginas, rendir homenaje al que , sin duda, es el hijo más ilustre que ha tenido La Pueblanueva y que no es otro que el Padre Juan de Mariana, eminente historiador y miembro de la Compañía de Jesús.

 

Estatua del Padre Juan de Mariana en Talavera de la Reina.

 

Aunque tradicionalmente se le ha asignado Talavera de la Reina como lugar de nacimiento; parece ser que fue bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción en La Pueblanueva en el año 1.536. Su partida de bautismo se conservó hasta 1.936, cuando fue destruida al incendiarse el archivo parroquial durante la guerra civil. Jiménez de Gregorio asegura, según testimonios de personas que tuvieron el documento en sus manos, que en el se decía que el niño fue llevado a bautizar desde la labranza de Salguero, situada en el valle del río Sangrera, en el término de La Pueblanueva;  por un labrador llamado Juan, y su madre llamada Mariana,  de donde se le impuso el nombre de Juan de Mariana.

Muy joven salió de Talavera para trasladarse a Alcalá de Henares donde estudió artes y leyes, entrando rápidamente en contacto con la Orden Jesuita e iniciando el noviciado en la localidad vallisoletana de Simancas a los 17 años. A los 24 ya era lector de artes y teología en el Colegio Romano. Se inicia entonces su periplo europeo, primero en Sicilia, donde estuvo por espacio de unos pocos meses y luego en París donde se permanecería cinco años explicando la Suma de Santo Tomás de Aquino, y donde alcanzaría el grado de doctor en Teología. En 1.574 volvió a España, trasladándose a Toledo, de donde ya no volvería a moverse hasta su muerte acaecida en 1.623.

Ocupó altos cargos de tipo consultivo como examinador sinodal de la diócesis toledana y consejero de la Inquisición.

 

  • Breve síntesis sobre su obra y pensamiento.

Mariana ha de ser considerado más un hombre de saber enciclopédico que un filósofo o un historiador puro. Su profunda formación humanista y lingüística hizo que se convirtiera en un auténtico polígrafo y que escribiera sobre infinidad de materias, en la que se detecta una posición intermedia, muy evidente, por ejemplo, en Pro Editione Vulgatae, entre rigoristas y literalistas en la contienda biblista que se vivía intensamente por aquellos años en España.

Sus tratados pueden ser considerados verdaderos ensayos por su forma y por su fondo político, económico, moral, filosófico y científico. Su obra De Rege contiene interesantes y polémicos puntos de vista sobre el origen de la sociedad, el poder civil y el tiranicidio en el que hace alusión a hechos contemporáneos.

Como historiador, su obra más conocida y extensa fue la Historia General de España, escrita entre 1,592 y 1.601, primero en latín y, tras el éxito editorial de la primera edición, en español. Fue elaborada con abundancia de crónicas y material historiográfico anterior.

No obstante, la obra más importante y de mayor trascendencia de Mariana es su De Rege et regis institutione publicada en Toledo en el año 1.598. En ella el autor explica que la forma de gobierno más idónea y apta es la Monarquía, pero esta se debe ajustar a las leyes de la naturaleza. Las razones que justifican un gobierno monárquico están en que ésta, la Monarquía, puede garantizar la paz en el interior y el crecimiento en el exterior. Sin embargo, en ocasiones, explica Mariana, la Monarquía se ha visto envuelta en leyes que pueden convertirla en una forma de gobierno tiránico, trastornando toda la realidad social de la república. Para evitarlo, mariana propone que el poder del príncipe ha de ser limitado desde un principio por leyes y estatutos, a fin de que no se exceda en perjuicio de sus súbditos. Si aún así, el príncipe se excediera en sus tareas de gobierno perjudicando a sus súbditos, apoderándose de las riquezas de todos y menospreciando la religión y las leyes del reino, entonces sería preciso encontrar la manera de destronarle, aunque si es amonestado y rectifica, no habría que seguir, pero si no lo hiciera, no podría ser reconocido como rey. Y, finalmente, si las circunstancias así lo exigieran, y no hubiera otro modo de salvar la patria, sería lícito declarar al príncipe enemigo público y darle muerte, aplicando el mismo derecho de defensa , imponiendo así la autoridad del pueblo, siempre más legítima que la del tirano.