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Nace en Lisboa en 1195, primogénito de una familia noble, poderosa y
rica. Sus padres le encaminaron al estudio para hacer de él un
Magistrado u Obispo, pero el pequeño, que en la pila bautismal
recibió el nombre de Fernando, lo atraía Dios y el se dejó atraer.
Cumplidos los 15 años abandona su fastuoso palacio, deja a sus
contrariados familiares y va a encerrarse en la abadía de San
Vicente, en la periferia de Lisboa. La orden que existe todavía es
la de los canónigos regulares de San agustín. En el convento se
presentan parientes y amigos a distraerle, a tentarle. Ante tal
situación, de acuerdo con sus supriores, abandona la ciudad y se
dirige a Coimbra, en aquel tiempo capital de Portugal, donde existe
otro convento de los Agustinos, para intensificar sus estudios,
hasta el día en que, a la edad de 25 años, es ordenado sacerdote.
Anhelaba una vida nueva, donde la Fe no fuera una rutina, sino una
acción del espíritu arriesgada. Por lo que abandonó a los agustinos
para unirse a los franciscanos y partir como misionero hacia
Marruecos. Contó con muchas dificultades y, después de una breve
preparación y con los permisos necesarios, embarcó con destino a
África. Para cortar con el pasado se cambió de nombre y, en vez de
Fernando, se llamaría Antonio.
La misión en Marruecos se truncó rápidamente, al estar días y días
enfermo y solo le queda rendirse a la voluntad de Dios y volver a su
patria, por lo que embarca, y la nave, acosada por los vientos
adversos, es empujada hacia Sicilia. Una vez allí, se dirige a Forli
para asistir a una ordenación sacerdotal, sucede que falta el
predicador, y le encargan a él que diga unas palabras, cosa que
hace. Es la revelación de su talento y de sus excepcionales dotes de
predicador. Desde aquel día se le manda por tierras de Italia y
Francia para comunicar a los cristianos la buena nueva del
Evangelio, sucediendo en sus predicaciones varios milagros. De todas
partes acudían gentes a sus sermones. Su cristianismo no era
insípido y bonachón, sino tenso y austero, pro no desanimaba a los
penitentes, Paz y Bien era el saludo de los primeros franciscanos.
Desecho por la fatiga y la Hidropesía, Antonio sintió inminente la
hora de su muerte y se retiró a Camposampiero, cerca de Padua, en el
bosque buscó un nogal, en el cual se hizo construir una celdilla, en
la cual pasa el día orando, bajando de ella solo a dormir. Un día
fue sorprendido por un amigo, viendo salir por la puerta un
grandioso resplandor y, temiendo que fuese un incendio, empujó la
misma, presenciando una escena prodigiosa, pues tenía entre sus
brazos al niño Jesús. El Santo, conmovido, le rogó amablemente que
no revelase a nadie la celestial aparición. Solo después de la
muerte del Santo contó lo que había visto.
Un viernes al mediodía, era 13 de junio de 1231, Antonio bajó de su
celda. Apenas sentado en la mesa, un colapso lo inmovilizó, con voz
débil rogó que lo llevaran a Padua, quería morir en su pequeño
convento. Fue llevado en un carro, moribundo, se detuvieron en
Arcella, una pequeña casa que alojaba a los capellanes adeptos al
monasterio de la clarisas, allí, en una modesta celda, Antonio voló
al encuentro con el Señor.
Llevado el cuerpo de la Arcella a la capilla de Santa María, toda la
ciudad acompañaba al cortejo fúnebre. Cuentan que los niños gritaban
"ha muerto el Santo, ha muerto el Santo". Sobre la tumba de Antonio
comenzaron los milagros, interesándose por ellos el obispo de Padua,
Jacobo di Corrado, y el Papa de entonces, Gregorio IX. No había
pasado un año de su muerte cuando, el 30 de mayo de 1232, en la
catedral de Espoleto, el Papa elevaba al honor de los altares a
Antonio de Padua.
JUAN LUIS GONZÁLEZ RODRÍGUEZ
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