Historia de Cedillo del Condado

 

SIGLO XIX

En 1808, antes del inicio de la Guerra de la Independencia, se procedió al deslinde con los términos vecinos, la mayoría de ellos despoblados; a saber: Moratalaz (antigua Dehesa propiedad de los López de Ayala), Tocenaque (también parte del señorío de los López de Ayala), Peromoro (igual que lo anterior), San Andrés y Huecas, si bien Tocenaque acabaría incorporándose al término de Cedillo.

Existen referencias  indirectas de la participación de los habitantes de Cedillo en la Guerra de la Independencia. Por tradición oral conocemos la llamada batalla, que no debió ser otra cosa que una pequeña escaramuza, en el lugar conocido como las Charcas; también de la compra del pan en el sitio de la Panadera, que quedó ya con esta denominación, por comprarse allí a vecinos de Bargas el pan que se consumía en el pueblo durante la guerra.

El 7 de julio de 1809 el guerrillero Juan Palarea (médico murciano afincado en Villaluenga de la Sagra), con 14 jinetes atacó en Cedillo, en el camino de Casarrubios, a un destacamento de veinte hombres de infantería que iba a requisar alimentos, causando cinco muertos a los franceses y dispersando al resto. Este éxito le atrajo nuevos partidarios que quedaron bajo su mando, hasta constituir una importante partida que actuó por toda la región.

La desamortización tanto de bienes eclesiásticos como, más tarde, de bienes comunales dio lugar a numerosas ventas. Así, sabemos que se vendieron fincas rústicas por valor de 394.477 reales, con una extensión de 441,35 fanegas; asimismo que se vendieron fincas urbanas por 7.000 reales.

La villa continuó manteniendo escribanos públicos, lo que nos sigue indicando su relativa importancia.

Del siglo XIX queda numerosa información, más en forma de anécdotas de la vida cotidiana, que de grandes hechos. Así, aún circulan por el pueblo relatos de muertes, robos y asesinatos acaecidos en extrañas circunstancias. De entre los muchos escuchados, traemos aquí la descripción de uno que debió causar gran conmoción puesto que está reflejado en unas coplas manuscritas <<escritas por dos hijos de Cedillo>>:

 

“En 1889 se produce un robo sacrílego, en el que se quita de la iglesia el Palio de San Antonio de Padua

El Palio de San Antonio

de la iglesia lo han robado

ya ni a más misa se va

porque se ve el desengaño.

Sabemos que ha sido

la gente de iglesia

porque no se han visto

las puertas abiertas.

Con motivo del robo, se revisan las existencias de ornamentos de la iglesia y observan que han desaparecido otros bienes de menor valor, como varios floreros, pero piensan que los ladrones no son del pueblo:

Pues del Palio que han robado

el pueblo está bien tranquilo

porque todos sospechamos

que el ladrón no es de Cedillo.

Uno de los ladrones se arrepiente y acude a confesarse al teniente-cura:

Que dice al teniente

quiero confesar

he robado el Palio

me perdonarás.

Lo hace, además, en una noche tormentosa y oscura, llamando a la ventana del confesor (pese a lo cual, los autores no se compadecen de él):

Pobre penitente

que noche pasó

la lástima ha sido

que no se arrició.

El teniente-cura no le absuelve, al tratarse de un robo sacrílego, dirigiéndose al cura (el pueblo era suficientemente importante como para tener dos curas). El susto de despertar por la noche tuvo efectos perniciosos en el ama, que se constipa:

La pobrecilla Juliana

se tuvo que levantar

y desde aquella mala noche

la viene su enfermedad.

Estaba en la cama

y se levantó

estaba sudando

y se constipó

El ladrón confiesa que fue él quien robó el Palio y que lo empeñó en la calle Hortaleza de Madrid, por noventa pesetas. El cura comenta al alcalde donde está el Palio (sin desvelar nombres, obligado por el secreto de confesión), y ambos deciden ir a rescatarlo; en la casa de empeño les niegan el Palio y no se encuentra allí nada de lo robado.

Con el paso del tiempo, se reciben unas cartas desde Mocejón que acusan a Cleofé, a la sazón sacristán de la iglesia (de ahí el escándalo provocado). El cura, obligado por el secreto de confesión, acude al arzobispo de Toledo para ver el procedimiento a seguir, y el arzobispo cesa en el acto a Cleofé como sacristán.

Pero Cleofé que vio

que le quitaban el pan

entre él y su familia

al cura quieren matar.

A matarle se deciden

pero con mucho furor

gracias que pudo encerrarse

y al Señor se encomendó.

Rompen puertas y ventanas

y todo lo destrozaron

rompieron muchos muebles

y al caballo maltrataron.

El pueblo se alborotó

al ver el nuevo suceso

acudió a la autoridad

y le dicen: Date preso

Acaban las coplas deseando que al ladrón le sean aplicadas las más severas penas:

Pues con la causa del Palio

y la del cura son dos

tendrá para unos días

y dándole poco el sol.

No se puede decir nada

si tocará más las teclas

pero por muy bien que libre

de fijo que verá Ceuta.

Se menciona Ceuta por el presidio que había en esa ciudad.

 

En este siglo hubo numerosas epidemias de cólera que afectaron a toda España, en Cedillo se hicieron notar con especial virulencia. La primera tuvo lugar en 1855, comenzando el 3 de agosto y siendo su primera víctima una mujer, siguiendo a los dos días su marido, falleciendo en ese mes catorce personas y otras dos más en septiembre, a partir del cual parece que la epidemia cesó.

En 1856 rebrotó la epidemia, esta vez con menos víctimas que en la anterior. Se reprodujo otra vez en 1865, iniciándose en el mes de octubre, en el que fallecieron cinco personas, y otras tres en noviembre.

También hubo otras enfermedades que generaron mortandad. Así, se registraron varias muertes por viruela en diciembre de 1870 y 1873.

También suceden catástrofes naturales, sobre todo en forma de tormentas, de entre las muchas relatadas entresacamos, por la descripción detallada, la acaecida en 1855:

“El día 24 de agosto principió a llover con tal tenacidad, que donde no habían concluido la recolección, tuvieron que abandonarlo y dejarlo perder en las eras, no permitiendo las continuadas lluvias el arar las tierras, y todas se cubrieron de yerba como los prados más frondosos; la uva se pudrió en las cepas mucha parte de ella, y la que se recogió, insípida y mal sazonada, para cuya operación tuvieron los vendimiadores que descalzarse, y se metían hasta la rodilla, de suerte que daba compasión de verles nadando entre las viñas.

Llegó la época de sembrar y las tierras aún no se habían arado por no haber cesado las lluvias, de suerte que, avanzando el tiempo, fue preciso dar las labores precipitadas y de mala manera, y tirar la simiente entre yerba, barro y agua, desconfiados de recoger igual cantidad de grano que se sembraba, como en efecto así sucedió, pues se recogió poco más de lo sembrado, y aún hubo labrador que sembró veinte fanegas de trigo y cogió siete. La mala cosecha fue general y la escasez se dejó sentir, y los granos y paja se vendían a precios extraordinarios, pues el trigo se vendió a más de 70 reales.

Fueron incalculables los daños y perjuicios que causaron las aguas, se arruinaron muchas casas, y en las de la calle de la Arena era tanta la humedad, que tenían que echar piso de paja para poderlas habitar, el agua rebosaba en aquélla calle, y en alguna otra, por los brocales de los pozos, muchos sótanos y cuevas se llenaron de agua, y algunos tuvieron que cegar; los caminos se inutilizaron y muchos se convirtieron en profundos arroyos; en fin todo fue pérdidas apuros y desgracias; no nos envíe Dios otro año 55”.

 

SIGLO XX.

 

 

Poco que reseñar en este siglo, del que, por otra parte, es fácil encontrar documentación de carácter administrativo y estadístico. Destacar, sin embargo, el cambio del nombre que había tenido el pueblo durante más de ochocientos años, Cedillo a secas, por el de Cedillo del Condado, lo que se hizo en virtud del Real Decreto de 27 de junio de 1916.